Escribir para la nada

La escritura como oficio siempre ha tenido sus dificultades y sus satisfacciones. Cuando se escribía en piedra, generalmente se tomaba sólo el dictado de quienes mandaban. Nada de opiniones personales. Quien ponía la piedra ponía la palabra y el escribidor a lo suyo que era martillar para eternizar las palabras del jefe y ocultarse en el anonimato eterno.La satisfacción, el ejercicio que como ddecía el sabio Conan, el Bárbaro: Lo que no mata, fortalece.

Con los papiros y pergaminos corrieron las mismas tintas de sangre de los escribidores, magnetófonos previsualizados y vivientes que reproducían al autor o a la comunidad autoral, valga el neologismo.

El papel parece venir a democratizar la escritura. Aunque, en realidad, tan sólo hace pocos siglos que cualquiera puede utilizarlo para fines expresivos. Las cartas fueron el vehículo primero de esa difusión. Pero para llegar a la carta había que pasar por la alfabetización y la escritura, de modo que un autor epistolar pudiera por sí mismo acometer el reto de la espontánea comunicación con el resto del mundo por otro medio más allá de su potencia oradora.

Finalmente, haciendo una enrome elipsis, la ausencia del papel y la entronización del espacio virtual emprenden la verdadera difusión masiva de la escritura.Una democratización para la nada.

Las toneladas de palabras por segundo que se producen pueden ser monstruosas o simplemente una oportunidad expresiva. Esa nube que envuelve estos espacios tan sutiles, difusos y difundidos, oculta y enseña todo nuestro potencial y nuestra pobreza . Es decir, nos enseña al mundo casi tal como somos. O nos oculta de la misma manera.